Paula pertence al reducido grupo de Madres Rescatables de las compañeras de mi hija menor . El otro día, mientras nuestras hijas jugaban en red, la mía con la laptop y la suya con la PC de escritorio, tomábamos un café en su cocina. De repente me acordé:

– ¿Y? Al final me olvidé de preguntarte… ¿Qué pasó con el speed dating? ¿Conociste a alguien?
– Sí… bueno, más o menos.
– ¿Cómo que más o menos?
– Te cuento. No me fue super bien. La mayoría de los que ví no me interesaron. Sí un par, pero justo esos no me eligieron. Sin embargo, al final terminé teniendo una coincidencia con uno del cual casi ni me acordaba, pero cuando me escribió me resultó interesante.
– ¿Interesante? ¿Cómo?
– Tenía cuarenta y seis, casi mi edad. Eso estaba muy bien. Físicamente no era ¡guau!, pero tampoco estaba mal. Es biólogo, trabaja en no sé que cosa del medio ambiente, algo onda Greenpeace me parece…
– Eso es muy cool, ¿no? 😉
– Totalmente :-). Además le gustaba el arte, pintaba y hasta había expuesto algunos de sus cuadros…
– Muy impresionante. ¿Y qué pasó? ¿Llegaron a verse?
– Claro, de todo eso me enteré en la primera cita. A mí no es que me encantara el tipo, pero como te dije, parecía interesante y estaba dispuesta a ponerle unas fichas a ver que pasaba.
– Y… la verdad que sí  ¿Y qué pasó? ¿Desapareció después de la primera cita?
– Nada que ver. Nos vimos un par de veces más. Además, Ariel era de lo más atento, me pasaba mensajitos todo el tiempo, llamaba para saber como andaba…
– El hombre ideal… pero no entiendo, ¿qué pasó entonces?
– El problema fue que, a partir de la segunda vez que nos vimos, empezó a hablar todo el tiempo de la relación.
– ¿De la relación? No entiendo…
– Ay, Amanda, resulta muy difícil de explicar. Hablaba sin parar de nosotros y de lo que sentía por mí y de lo cómodo que estaba conmigo. Lo decía todo el tiempo y cuando yo quería cambiar de tema, no me escuchaba y volvía a repetir lo mismo. Era algo así como si estuviéramos acá tomando algo y yo te dijera:

Amanda, me siento tan bien acá con vos. El hecho de que me sienta cómoda con vos significa mucho para mí. Y ponele que vos me contestes:  Bueno sí, yo también, pero contame… ¿viste alguna buena película últimamente?, y que mi respuesta sea: ¡Qué importante que estemos acá las dos juntas y podamos hablar libremente! Eso es muy valioso… y así TODO EL TIEMPO, TODO EL TIEMPO, TODO EL TIEMPO… Te juro que no hablaba de ningún otro tema y cada vez que yo trataba de charlar de cualquier otra cosa para conocernos, volvía a discursear sobre NUESTRA RELACIÓN.

¿Qué relación? No teníamos ninguna relación. ¡Era la segunda vez que nos veíamos! Te juro que era insoportable, creía que las minas eran las únicas que hacían eso,  pero parece que no. Lo vi una vez más, pensando que había sido un mal sueño, pero no, era muy real :-(. Después de la tercera cita, me llamó por teléfono y siguió pontificando sobre lo mismo. Me cansé y le dije: ¿Sabés qué, Ariel? ¿Por qué no hablamos de otro tema? Así se está volviendo aburrido… Me interrumpió y me dijo: Ahora estoy hablando yo. Callate y escuchá.

No podía creer que me hubiera dicho eso. Me desconecté mentalmente y me puse a hacer cosas con el inalámbrico metido entre la oreja y el hombro, mientras lo oía parlotear de fondo sobre lo hermosa que era nuestra relación. Al día siguiente lo llamé y le dije que lo consideraba una gran persona, pero me sentía incapaz de mantener el tipo de relación que él esperaba.

– Dios… -le contesté. ¿Por qué será que los que quieren no pueden?
– Es lo mismo que yo me pregunto, – concluyó Paula.

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